domingo, 24 de septiembre de 2017

El registro fósil en la heráldica municipal europea (21)

por Heraclio ASTUDILLO-POMBO,  Universitat de Lleida.


Blasones municipales, de algunas localidades europeas que se muestran orgullosas de su patrimonio paleontológico. (Continuación, parte veinteava).


El gigantesco tronco fósil de Pinuxylon, del Mioceno, de Ipolytarnóc (Hungría) (2ª Parte)


Historia y circunstancias del descubrimiento científico del árbol petrificado


El descubrimiento científico del portentoso ejemplar de tronco fosilizado del árbol gigante de Ipolytarnóc, se llevó a cabo por el aristócrata, jurista, arqueólogo y paleontólogo Ferenc Kubinyi. Quien había acudido hasta la localidad de Losonc en el año 1836, después de haber sido avisado de la existencia del portentoso fósil por un conocido suyo, quien le había informado del sorprendente afloramiento del gigantesco tronco petrificado. Desde ella se desplazó hasta el barranco de Borókás para su primeras observaciones.  

Retrato de Ferenc Kubinyi en la época en que realizó los primeros estudios del tronco fósil de Ipolytarnóc
Imagen: Wikipedia

La diligencia de Ferenc Kubinyi y la premura de su visita resultarían providenciales para el conocimiento científico del enorme ejemplar paleontológico, pues le permitió iniciar la investigación científica mucho antes de que el singular fósil fuera conocido muy lejos del lugar del hallazgo, por mucha gente sin ninguna sensibilidad conservacionista. En ese mismo año de 1836 ya se había iniciado la ávida explotación del atractivo material silíceo de que estaba constituido el tronco fósil de Ipolytarnóc, a pequeña escala. Con el paso de los años las actividades extractivas ejercidas sobre el tronco fósil resultaron ser demasiado devastadoras como para poder haber llevado a término su estudio científico, algunos años más tarde.Las primeras actividades de investigación y excavación científica del gigantesco tronco fueron dirigidas por el mismo Ferenc Kubinyi, luego, sus implicaciones políticas y militares, en revueltas nacionalistas, producidas en el seno del decadente y complicado imperio austro-húngaro, de aquella época, le obligaron a apartarse del estudio científico e incluso a exiliarse.
En 1842 publicó un trabajo titulado "Estudio de un tronco gigante encontrado en la vecindad de Tarnószenthely, en el condado de Nógrád, en términos de magnitudes tridimensionales y en relación con los materiales geológicos circundantes" en el que daba cuenta de todas sus observaciones geológicas y paleontológicas, centradas exclusivamente en el estudio del tronco fósil gigante. En este estudio, Ferenc Kubinyi mencionaba que los fragmentos del tronco gigante desplomado sobre el torrente de de Borókás y fragmentado en dos grandes porciones y otras más pequeñas, reunidos medían en total unos 40 m. de longitud y unos 3 metros de diámetro. Ferenc Kubinyi denominaba al tronco fósil de Ipolytarnóc con el oscuro y vago nombre de "Petrefactum giganteum Humboldi". Este oscuro nombre genérico, impuesto por Ferenc Kubinyi, entonces ya resultaba anticuado para la época, debido a su imprecisión biológica y opacidad botánica, pues solo hacía alusión a ciertas características muy superficiales de su aspecto externo, pero no precisaba su naturaleza biológica, ni su clasificación botánica. Además de que el nombre específico no aludía a nada relacionado directamente con el fósil, sino que aludía al gran naturalista y explorador alemán, Alexander von Humboldt, por el que Ferenc Kubinyi sentía una profunda admiración y a quien quería homenajear de esta manera.

En la Academia de Selmecbánya, precursora de la Universidad de Dunaújváros, en Banská Štiavnica (Eslovaquia), se analizó la composición química de la madera petrificada, a partir de unas muestras procedentes del árbol de Ipolytarnóc que había aportado Ferenc Kubinyi. Resultando que el material que constituía el tronco del árbol gigante de Ipolytarnóc, estaba compuesto por sílice (86,00%), agua (9,22 %),  carbono (2,78 %), arcillas (1,32%) y otras diversas substancias residuales (0,54%). Se trataba de madera silicificada por un proceso de substitución de la materia orgánica del tronco por sílice disuelta en el agua de infiltración, procedente de la mortaja de toba volcánica que lo recubría.

Representación didáctica de la erupción del Vesubio del año 79 d. C., en un grabado de George Julius Poulett Scrope de 1822, basada en la descripción que hizo de ella Plinio el Joven, en una carta dirigida a Tácito. Este tipo de erupciones reciben su nombre científico en honor a Plinio el Viejo, tío de Plinio el Joven, que falleció en dicha erupción, por haberse acercardo demasiado al volcán para realizar observaciones detalladas. Esa misma erupción sepultó la ciudad de Pompeya.
Imagen:
Wikipedia


Distintas investigaciones geológicas y paleontológicas realizadas por diversos investigadores, con posterioridad a las realizadas por Ferenc Kubinyi, permitieron descubrir diversos aspectos relativos a la identidad botánica del gigantesco tronco del árbol de Ipolytarnóal, así como conocer mejor las condiciones ambientales y habitantes del lugar, en tiempos anteriores, simultáneos y posteriores al de su caída y enterramiento.
En 1865, el geólogo húngaro e ingeniero de minas y miembro de la Academia de Ciencias de Hungría, József Szabó, determinó la edad de los materiales que rodeaban el árbol fosilizado, como característicos del periodo Mioceno. Según sus estimaciones la erupción volcánica que había matado, derribado y enterrado al árbol de gran longitud que había excavado Ferenc Kubinyi, 30 años antes se habría producido hacía aproximadamente 11,5 millones de años

En 
1889, el paleobotánico húngaro Móric Staub, partiendo de los datos de las mediciones obtenidas durante la excavación realizada por Ferenc Kubinyi, corrigiendo los efectos de la deformación ocasionada por el aplastamiento sedimentário, estimó que el árbol gigante tendría en la base un perímetro circular de unos 8 m.


Aspecto de la imagen microscópica de un corte del tejido fosilizado del troncos del árbol gigante de Ipolytarnóc, según un dibujo coloreado de János Tuzson de 1901. Su comparación con el de otros permitió su primera identificación cientifica verdadera.
Imagen: Restos fósiles de plantas cenozoicas

En 1901, el paleobotánico húngaro János Tuzson empezó a examinar al microscopio  láminas finas sacadas de secciones del tronco del árbol fosilizado de Ipolytarnóc y comparándolas con las de diversos tipos de árboles prehistóricos. De la comparación realizada pudo determinar que los tejidos vegetales fosilizados parecían ser representativos de una conífera y más concretamente de alguna clase de pinos fósiles, puesto que no era representativa de ninguna especie de pino reciente o viviente en la actualidad. Como el nombre científico que le había impuesto Ferenc Kubinyi no tenía ninguna validez científicaJános Tuzson lo denominó Pinus tarnócziensis, el nombre específico aludía al lugar donde fue hallado el árbol fosilizado

En 1935, el paleontólogo austriaco Othenio Abel, denominaba a la zona fosilífera del barranco de Borókás, " Pompeya prehistórica magiar " en una publicación de investigación paleontologíca de renombre mundial, aludiendo a la gran cantidad de impresiones  de plantas y de huellas de vertebrados terrestres, sobrenombre que aún se conserva en la actualidad. 

En 1954, el botánico húngaro Greguss Pal empezó a observar al microscopio, secciones finas de los tejidos fósiles del árbol de Ipolytarnóc y comparándolas con las de otros árboles fósiles, de antigüedad semejante. Cuando en 1967 las comparaba con las muestras de un árbol gigante fosilizado hallado en Penthatlón (Grecia), llamado Pinuxylon lambertoides, apreció un gran parecido entre ambas. Basándose en las similitudes en la estructura histológica y en el extraordinario tamaño de ambos ejemplares, decidió realizar un cambio en la identificación y denominación genérica, de modo que cambió el nombre nombre científico, pasando a denominarlo Pinuxylon tarnocziense, nombre científico que aún conserva en la actualidad.

En unas excavaciones realizadas en la década de 197o se hallaron nuevos fragmentos de la parte alta del tronco gigante que permitieron estimar que aquel árbol "en posición de vida", debió haber alcanzado algo más de 60 m. de altura. En 1985, mientras se realizaban las obras de construcción del Parque Paleontológico de Ipolytarnóc, al realizar la excavación de de los cimientos y el sótano de uno de los edificios de exposición de las colecciones de fósiles, se halló la parte correspondiente a la copa del árbol gigante de Ipolytarnóc, con esta nueva porción, añadida a las anteriores la altura total del árbol gigante de Ipolytarnóc ya alcanzaba los 90 m. de altura. Pero como no se han hallado nuevos fragmentos del árbol gigante de Ipolytarnóc, correspondientes a la base del tronco desde finales del siglo XIX, en que se había estimado que la base del tronco gigante, debió medir unos 8 m. de perímetro y 3 m. de diámetro, nada ha hecho variar esos datos.


Restos de lo que queda de una de las grandes porciones del tronco fósil del árbol gigante de Ipolytarnóc, en la actualidad, expuestos en una de las salas de la exposición dedicadas divulgar el patrimonio del sitio paleontológico. 
En la pared gris del fondo, tras el guía que explica a los visitantes cada una de las diversas paradas ilustrativas a lo largo del itinerario didáctico, se puede ver dibujada en negro una gran circunferencia de 3 m. de diámetro para visualizar y comparar el perímetro que tenía el tronco fósil, en la zona de la base, cuando fue descubierto por Ferenc Kubinyi en 1836.
Imagen: Restos de árboles fósiles

También se pudo saber que su caída había estado provocada por una gran erupción volcánica que había destruido por completo todo un bosque subtropical, prehistórico, del cual el árbol gigante de Ipolytarnóc formaba parte integrante y que este suceso catastrófico había sucedido casi 20 millones de años antes. Todos los árboles que constituían aquel bosque subtropical prehistórico fueron derribados al mismo tiempo y en la misma dirección, por efecto de una fuerte explosión volcánica. Debido a su gran violencia, tuvo que haberse producido en algún lugar bastante cercano, pues por efecto de la onda expansiva todos los árboles de aquella zona fueron derribados, quedando tumbados casi horizontalmente debido a que la superficie del terreno arrasando debía ser muy llana. Poco después una gran nube de cenizas volcánicas ardientes se precipitó sobre la zona, cayendo desde el cielo, abrasando todo lo que era combustible, mientras todo iba quedando sepultando debajo una capa de polvo volcánico, de tipo riolítico, de unos 3 m. de grosor.

Secciones pulidas de troncos petrificados de árboles prehistóricos, hallados en el barranco Borókás y expuestas en el Parque Paleontológico de Ipolytarnóc. Arriba, a la derecha, la sección vertical de un tocón fósil, mostrando el veteado característico de la madera silicificada, y abajo, a la izquierda, la sección horizontal de un tronco, mostrando los anillos concéntricos de crecimiento anual. Fotografía original de Robert Németh
Imagen: Paleontological ehxibition site


Tras la erupción volcánica, la mayor parte del tronco del árbol gigante y de los otros ejemplares de porte más más modesto, que han sido hallados posteriormente, dispersos por toda la zona del barranco de Bórokás, quedaron incluidos en una capa mixta de transición formada por restos vegetales, suelo forestal, arena y ceniza volcánica, situada sobre una capa de piedra arenisca, depositada algunos pocos millones de años antes, que contiene huellas de vertebrados terrestres y dientes de tiburón, depositada con anterioridad a la erupción volcánica, y bajo una capa de toba volcánica pura, situada en la parte alta que se acumuló por efecto de la fase final de la "caída pliniana" de cenizas volcánicas, sobre los árboles ya derribados y mezclados con material del suelo del bosque. 

Fragmento de toba volcánica con algunas impresiones o huellas de diversos tipos de hojas de diferentes plantas que convivían con el árbol gigante. Su identificación botánica permite conocer la composición botánica de la comunidad forestal dominada por el pino gigante
Imagen: Pangea

Un estudio detallado de las características histológicas y botánicas de los tejidos de diferentes clases de troncos de árboles petrificados y las impresiones fósiles de hojas en la toba volcánica, realizado recientemente, reveló que en la antigua selva subtropical en la que vivía el árbol gigante de Ipolytarnóc, hace unos 20 millones de años, también coexistían con él otras 7 especies más de coníferas arbóreas, 4 especies de árboles caducifolios y 1 especie de palmera. 


Continuará próximamente...
 

jueves, 17 de agosto de 2017

El registro fósil en la heráldica municipal europea (20)

por Heraclio ASTUDILLO-POMBO,  Universitat de Lleida.


Blasones municipales, de algunas localidades europeas que se muestran orgullosas de su patrimonio paleontológico. (Continuación, parte decimonovena).


Introducción

Tal como ya se comentó en la última entrada dedicada al tema de la heráldica paleontológica, cuando se llevan más de 60 blasones municipales con representación del patrimonio paleontológico reunidos y estudiados y se compara la proporción de los diversos motivos heráldicos de tipo paleontológico, se puede ver muy claramente que la proporción de representaciones de animales fósiles es enormemente superior a las de representaciones de vegetales fósiles. De esta comparación se puede concluir que cuando a los fósiles se les debe otorgar una función heráldica emblemática, los fósiles de vegetales no han resultado tan atractivos como los fósiles de los animales. Por lo tanto a la hora de elegir restos fósiles como un elemento emblemático representativo del territorio y como recurso heráldico de la localidad, los fósiles de animales, generalmente, parecen haber resultado mucho más interesantes. Esto tampoco resulta nada sorprendente, pues sucede lo mismo en cuanto a la preferencia entre animales o vegetales como mascotas. La explicación a esta preferencia es muy simple, los humanos como animales que somos, en una abrumadora mayoría de los casos, sentimos una mayor afinidad y simpatía por los animales que por los vegetales.
En el caso que hoy se presenta se pretende demostrar que en algunas ocasiones sucede todo lo contrario. En este caso un singular vegetal fosilizado consiguió el consenso general necesario para que se convirtiera en parte importante del escudo cívico y en el emblema de la localidad. Un  enorme tronco petrificado de un pino gigante prehistórico, hallado en el territorio del municipio de Ipolytarnóc (Hungría), ha conseguido gozar de una gran simpatía popular en tiempos recientes que estuvo precedida de un considerable prestigio científico internacional, en el pasado, lo que unido a las cualidades del árbol fósil, contribuyó a despertar una enorme avidez regional y mundial por hacerse con alguno de sus pedazos, motivada por unos fines tan variopintos como injustificados. Finalmente, en el siglo XXI, el recuerdo popular y la justa valoración patrimonial del impresionante ejemplar fósil, le permitió gozar del merecido reconocimiento social que le haría ser merecedor de convertirse en emblema heráldico municipal.


El gigantesco tronco fósil de Pinuxylon, del Mioceno, de Ipolytarnóc (Hungría) (1ª Parte)
 
Situación y estatus

Ipolytarnóc es un pueblecito húngaro, situado en la región norteña de Nógrád, en el límite fronterizo de Hungría con Eslovaquia. En el territorio del pequeño municipio, a unos 2 km al este del núcleo urbano, existe un importante yacimiento paleontológico descubierto para la ciencia en el siglo XIX. Está protegido desde 1944 por su gran interés científico y a finales del siglo XX dio lugar a la creación de un espacio científico y educativo, hoy conocido popularmente como "la Pompeya prehistórica magiar" y oficialmente como la Reserva Natural de fósiles de Ipolytarnóc. En 1995 se le declaró  "parte del Patrimonio natural pan-europeo" y es candidato a ser declarado "Patrimonio Mundial" de la UNESCO. Los senderos de estudio geológico que existen en la zona protegida, también forman parte del Parque Nacional de Bükk  que, a su vez, forma parte del Geoparque internacional transfronterizo denominado Novohrad – Nógrád Geopark inaugurado en 2010 y que es gestionado conjuntamente por los gobiernos de Eslovaquia y de Hungría.

El blasón municipal

El escudo cívico municipal de Ipolytarnóc aparece dividido horizontalmente en dos campos heráldicos. En el superior, sobre fondo rojo, está representada en amarillo la fachada principal de la iglesia de Santa Ana, situada sobre la colina central del grupo de tres que alude a aspectos históricos y culturales. 



Aspecto del escudo municipal actual de la localidad húngara de Ipolytarnóc. 
Imagen: National and Historical Simbols of Hungary

La parte del escudo municipal que más nos interesa, para nuestros fines cultural-paleontológicos, es el campo inferior. Está subdividido horizontalmente en tres zonas. La franja ondulada superior, de color azul, representa el curso del río Ipoly que da nombre a la población. La zona central de color gris, representa la capa de toba volcánica que sepultó la selva prehistórica subtropical que existió en este lugar. El árbol verde con aspecto de conífera navideña, representa al árbol cuyo tronco fosilizado gigante fue hallado semienterrado en este material en 1836. La zona inferior, de color verde, con una concavidad en el medio, sobre la que está el árbol suspendido, representa el barranco de Borókás, lugar en donde afloró naturalmente y fue hallado el tronco gigante petrificado.
Diseñadores: Kiss Kálmán y Renáta Zsélyi
La fecha de aprobación legal del escudo municipal actual es la del 31 de Julio del año 2005


Historia y circunstancias del descubrimiento popular del árbol petrificado

La historia del tronco petrificado del árbol gigante de Ipolytarnóc, se dice que comenzó hacia finales del siglo XVIII, cuando empezaron a hacerse visibles dos grandes piedras alargadas que sobresalían en la superficie del terreno, casi alineadas. Solamente los pocos pastores, buhoneros y cazadores que se veían obligados a cruzar por aquel lugar presenciaron el lento afloramiento de los primeros años, los cuales no le dieron mucha importancia al fenómeno del inicio del afloramiento.

El tronco petrificado del árbol fósil no cobró verdadera importancia social hasta que algunos años más tarde, en los primeros años de la década de 1830, cuando de forma natural e inesperada, quedaron completamente expuestos a la vista de todos los que pasaban por el lugar, dos grandes cilindros aplastados de piedra de superficie oscura y agrietada. Antes del inicio del siglo XIX, las dos porciones del tronco habían resultado totalmente invisibles debido a que siempre había permanecido completamente ocultas, sepultadas bajo la cubierta del blando terreno constituido por cenizas volcánicas consolidadas, formando una capa de toba volcánica

La clave de su rapidísimo afloramiento natural fue su situación dentro de la capa de blanda toba volcánica sobre la que discurría el lecho del torrente del barranco de Borókás, al cual en condiciones lluviosas excepcionales no le costo mucho tiempo remover y arrastrar una gran cantidad del material que los ocultaba. El barranco de Borókás es tributario del río Ipoly, estando situado en la periferia de Ipolytarnóc y de otras poblaciones que hoy día son eslovacas, muy cercanas, como Losonc y Vidiná, razón por la cual era, relativamente, frecuentado por algunos habitantes de estas 3 poblaciones. La rapidísima exhumación natural, de unos enorames cilindros algo aplastados de piedra de superficie oscura y agrietada, sólo fue presenciada por los pastores, buhoneros y cazadores que en sus correrías se veían obligados a pasar por aquel lugar de tránsito dificultoso, cuando iban de Losonc o Vidiná hacia Ipolytarnóc o viceversa. Ellos fueron los primeros habitantes de la zona que empezaron correr la voz de la sorprendente aparición de aquellos dos enormes objetos y a difundir la "súbita aparición" a muchos otros habitantes de la comarca, algunos de los cuales debieron acudir al lugar para presenciar con sus propios ojos aquella maravilla.

Grupo de pastores húngaros abrevando a su rebaño en una granja, fotografiados en 1909. Gente como esta fueron las primeras personas que conocieron la existencia del tronco gigante de Ipolytarnóc.
Imagen: Places and People / Pinterest


La sorprendente aparición de aquellos dos enormes y extraños objetos de piedra, de sección elipsoidal, sucedió en un determinado año, no concretado, posiblemente hacia finales del primer tercio del siglo XIX, en que se produjeron varios episodios consecutivos de fuertes lluvias, con el resultado de que el blando terreno de toba volcánica que recubría el tronco fósil resultó profundamente excavado, por ser poco resistente a la erosión hídrica. Como consecuencia del efecto de una fuerte erosión pluvial sobre las laderas del barranco en combinación con otra potente erosión torrencial sobre el lecho del torrente. De manera que una serie de avenidas torrenciales, anormalmente fuertes y duraderas, hicieron aflorar varios porciones del gigantesco tronco fósil que yacían tumbadas sobre el lecho del torrente. Cuando algunos años más tarde, en 1836, el conjunto formado por las dos porciones del tronco fue estudiado por Ferencz Kubinyi constato que sumadas medían unos 40 m. de longitud y que el tronco en su base habría mediría unos 3 metros de diámetro.


Aspecto de una pequeña parte de uno de los diversos troncos silicificados de árboles existentes en el barranco de Borókás, en Ipolytarnóc, que sobresale de la capa de toba volcánica que lo engloba. Obsérvese la deformación de la sección del tronco, originalmente más o menos circular, por el aplastamiento causado por el peso de los sedimentos acumulados encima.
Imagen:
ReservaNatural de Fósiles Ipolytarnóc


Como ya se ha dicho anteriormente, el momento en que se produce el verdadero descubrimiento popular del tronco gigante de Ipolytarnóc, coincide con un año de lluvias excepcionalmente fuerte y persistentes, cuya rápida e intensa erosión del terreno produjo la excavación natural del tronco fósil, conduciendo a su total afloramiento, prodigioso hecho geológico que sucedió, quizás a principios de la década de 1830...

Las personas más observadoras que frecuentaban el lugar se dieron cuenta de que algunos de los fragmentos pétreos desprendidos de los grandes cilindros aplastados, en determinados lados presentaban un diseño particular y de tonalidades contrastadas que coincidían con el veteado característico y el anillado típicos de la madera. Estas sencillas observaciones les permitieron constatar que el enorme puente de piedra parecía estar hecho de madera petrificada y por lo tanto que, en realidad, era un gigantesco tronco de árbol petrificado que se había desplomado sobre el barranco.
Por esa misma época debió otorgársele el nombre particular con el que se le empezó a denominar en la comarca: "Gyurtyánkő-lóczának", con el significado aproximado de "pasarelas de troncos de carpe petrificados". Quizás una identificación popular tan específica, atribuida a la madera petrificada, se debiera al hecho de que en la zona del barranco de Borókás, en aquella época, hubiera grandes carpes vivientes que indujeran a pensar que debía tratarse del mismo tipo árbol y se realizara una extrapolación de sentido común.


Aspecto de un gran carpe en un bosque mixto de las montañas Brohm, en Rothemühl, Uecker-Randow, en Pomerania Occidental, en el norte de Alemania.
Imagen: Wikipedia

Desde su total exhumación, hasta el momento de su descubrimiento científico, en 1836, realizado por el paleontólogo húngaro Ferenc Kubinyi, la población local había estado utilizando las diversas porciones del tronco fosilizado del árbol gigante, fundamentalmente como puentes naturales. Pues debido a su situación geográfica sobre un terreno difícil de transitar por estar abarrancado, su superficie aplanada, sus enormes dimensiones y su posición casi horizontal, resultaba un elemento muy útil para atravesar con facilidad y seguridad el barranco de Borókás, es decir, el barranco de los Enebros.
Grabado antiguo, publicado en 1850, cerca de la época de su hallazgo científico y primeros estudios. En la parte inferior se ha representando el tronco petrificado del árbol gigante de Ipolytarnóc, en su entorno natural. Atravesado sobre el barranco del torrente de Borókás, con algunas personas situadas cerca del portentoso fósil. Dibujo original de  Marko Karoly, realizado hacia 1840. (Foto: Veronika Bokor ) Imagen: 5 inutos de geología


Qué ocurr cuando intervino la fabulación mítica



Las observaciones empíricas sobre la constitución original del "puente natural de piedra" y su lógica interpretación, antes comentadas, contribuyeron a estimular la imaginación fantasiosa de algunas personas que pretendiendo explicar cómo pudo haberse formado aquel monumento natural y careciendo de los conocimientos científicos necesarios, se vieron obligadas a recurrir a la imaginación fabulosa y a los mitos generales relacionados con la religión. De esta manera surgió una leyenda popular que relataba que el origen estaba en una actuación mágica o diabólica.

"En cierta ocasión en que el Diablo (existe otra versión, más moderna, en la que se dice que fue un malvado brujo, posiblemente una adaptación de la leyenda tradicional realizada en la época comunista) pasó por aquel solitario e inhóspito lugar, descubrió que había un hermoso árbol de dimensiones gigantescas a uno de los lados del barranco, cuya enorme copa albergaba centenares de felices aves cantoras. Satán sintió envidia del enorme poder creador de Dios y de cómo lo alababan sus pequeñas criaturas aladas. Entonces se enfureció tanto ante aquella grandiosa obra del Señor que tenía plantada delante que lleno de una ira incontenible y destructora, lo empujó con sus propias manos hasta que lo derribó. Al tocar el Diablo con sus diabólicas manos 
el tronco de aquel árbol, toda la madera se convirtió en piedra, por eso cuando el tronco chocó contra el suelo se rompió en dos pedazos que quedaron atravesados sobre el barranco, casi alineados."

Inquietante ser antropomorfo y cornudo, visto a contraluz crepuscular, en un claro del bosque mientras atraviesa una zona forestal
Imagen: Sympathy for the Devil 

Además ese relato fantástico contribuyó a que  surgiera una costumbre supersticiosa entre la gente más fantasiosa y crédula de las poblaciones de los alrededores. La de tocar aquel tronco del árbol petrificado, mágicamente, mientras se le pedía un deseo. Según la creencia popular, durante su transformación mágica en piedra, la piedra del tronco del árbol petrificado habría quedado impregnado de la magia que lo había transformado en piedra. Por efecto de esta magia atrapada y contenida por el tronco, las personas buenas y de corazón puro obtendrían el deseo que le habían solicitado, mientras que las personas malvadas y de corazón corrompido, solamente conseguirían que su corazón se endureciera y se hiciera insensible al amor y, además, que su petición se volviera en contra de sus malvados o egoístas intereses.....


Continuará, próximamente

miércoles, 12 de julio de 2017

Folclore paleontológico italiano (5)

Heraclio Astudillo-Pombo. Universitat de Lleida

Fósiles relacionados con algunas tradiciones populares sanpaulinas, en Italia (5)

Las antiguas tradiciones lapidarias médicas frente a las nuevas modas lapidarias médicas hegemónicas (1ª Parte)

De cómo las viejas piedras-lenguas o glosopetras de Europa, al final de la Edad Media, fueron substituidas por las lenguas de san Pablo y las lenguas de serpientes de Malta

En toda Italia como en el resto de Europa, con el paso de los años, a la milagrosa “tierra sellada” procedente de la isla de Malta que se comercializaba en las farmacias urbanas y en los puestos callejeros de curanderos ambulantes que actuaban en plazas y mercados, se fueron uniendo otros raros objetos, supuestamente milagrosos, que también provenían de Malta. También estaban vinculados a la poderosa figura de san Pablo, el apóstol que había erradicado para siempre, de forma milagrosa, todas las serpientes venenosas de la isla de Malta. Se trataba de unos raros objetos pétreos de unas determinadas formas y colores, que en realidad eran unos ciertos tipos de fósiles marinos, presentes en la mayoría de las formaciones geológicas de la isla de Malta y que habían sido asociados, legendariamente, por los malteses con los restos petrificados que habrían resultado de la destrucción milagrosa y definitiva de todas las serpientes venenosas de la isla (Zammit-Maempel, G. 1989):
"[...] en el lugar en que San Pablo se quedó a vivir tras el naufragio y donde maldijo a las serpientes,
por que una serpiente le mordió en la mano, es la voluntad de Dios que en ese país, hoy en día se encuentren dentro de la tierra ojos de serpientes petrificados (ochi di serpenti impetriti), lenguas (lingue) y dientes (dentes), también petrificados, de aquellas mismas serpientes malditas que se sacan excavando" (Caliari, P. 1682: 105).

Antiguo grabado del artista Hendrik Goltzius, realizado hacia 1580, representando el milagroso suceso legendario en el que San Pablo fue mordido por una supuesta víbora, sin sufrir envenenamiento, en la isla de Malta
Imagen:
Dr Karl Shuker's Official Website

La primera referencia documental sobre el uso de dientes fósiles de tiburones malteses con propósitos antivenenosos, en Europa, se ha encontrado en el inventario de los objetos que pertenecieron al rey Enrique III de Inglaterra (1216-1272), realizado tras su muerte, en 1272:
“...Y un broche de oro con una lengua serpentina” (Turner, T. H. 1851: 103N).

Algunos años más tarde, en otro inventario relacionados con las propiedades de Eduardo I de Inglaterra (1239 –1307), redactados en 1299, aparece otra de las primeras referencias del uso de
dientes fósiles de tiburones de Malta como protección contra el veneno, en Europa. El mismo texto incluso atribuye a san Ricardo la posesión anterior de esos mismos dientes fósiles protectores. Lo más probable es que la alusión del texto se refiera san Ricardo de Chichester, muerto en Dover en 1253 y canonizado pocos años más tarde, en 1262:
" [...] cinco lenguas serpentinas en engarce de plata, que se cree que pertenecieron a San Ricardo, en uno de los casos con su imagen pintada sobre madera" ( J. Nichols, Liber quotidianus, 1787: 352).


Otro de aquellos primeros testimonios del empleo antivenenoso de las denominadas "lenguas de serpiente" se encuentra en un lapidario francés del siglo XIV atribuido a Jean de Mandeville:
"La lengua de serpiente (Langue de serpent) es una piedra con varios colores, a veces es blanca o de color plomo, negra o roja, que ayuda a defenderse del veneno, ya que si se coloca cerca de alguno, entonces cambia de color [...] (J.
de Mandeville  (sin datar): 29).

Frontispicio del manuscrito titulado "Libro de las Maravillas del Mundo", o "Viajes de Juan de Mandeville" supuestamente escrito por Jean de Mandeville, autor inexistente, fue escrito ´por autor desconocido hacia 1410-1412.
En la ilustración sobre pergamino, el artista Maitre
Mazarine ha representado a Jean de Mandeville, mientras es alentado por el rey de Inglaterra y sus nobles a iniciar su viaje de descubrimientos maravillosos por todo el mundo conocido. Manuscrito depositado en la Biblioteca Nacional de Francia
Imagen: Wikimedia

Como ya hemos dicho en ocasiones anteriores, al tratar sobre este mismo tipo de objetos, se trataba de fósiles de animales marinos del periodo Terciario, en particular de dientes fósiles de determinados tipos de peces. Algunos de aquellos dientes fósiles procedían de diferentes especies de peces cartilaginosos o tiburones, eran las denominadas “lenguas de serpiente” (lingue di serpente) y los “cuernos de serpiente” (corni di serpente) y los otros procedían de peces óseos, siendo los dientes palatales de peces tales como el Lepidotes: los denominados “ojos de serpiente” (occhi di serpente). 
Este género de objetos maravillosos relacionados con un milagro de san Pablo Apóstol, se anunciaron y se comercializaron por toda Europa, tanto en las farmacias de las ciudades como por curanderos ambulantes que visitaban las zonas rurales, entre los siglos XV y XVI (Freller T. 1997), siendo promocionados como poderosos remedios antivenenosos (Pogatscher, H. 1898). Por tal motivo razón estos tipos de dientes fósiles de peces, se convirtieron en esa época en objetos mágicos de protección de los comensales, indispensables en los comedores de todas las cortes europeas  (Berger, W. 1950):
"[...] Una especie de capuchón de jaspe oscuro, que se conoce con el nombre de Lengua serpentina (Lingua serpentina) o lengua de víbora (Lingua di Vipera), que se asemeja a la punta de una pequeña saeta y que mide como medio dedo de largo, adornado con oro y plata, lo he visto entre los objetos preciosos de ciertos príncipes" (Bacci, A. 1587: 103).

Dientes fósiles de diversos géneros de tiburones, representados en una ilustración de la página 334 del libro titulado "Metallotheca Vaticana", de Michael Mercati, que recogía una descripción de las colecciones del Papa Clemente XI y publicado en Roma en 1717. 
Aparecen agrupados bajo el título de "glossopetrae minores" a ludiendo a su tamaño moderado y en contraposición a las denominadas "glossopetrae maiores" que incluían los dientes fósiles de los tiburones de mayor tamaño, como el Cacharodon megalodon Imagen: "Metallotheca Vaticana"
 
Los dientes fósiles de diversos géneros de tiburones llamados “lenguas de San Pablo”, “glossopetras” o “lenguas de piedra”, “lenguas de serpiente” o “cuernos serpiente”, fueron engarzados en metales nobles y colgados de las ramas de artísticos arbolillos elaborados con ramas de coral rojo o de metales preciosos. En Alemania donde el uso de estos artefactos supersticiosos estuvo muy generalizado entre las clases altas de la sociedad, eran denominados “Natternzungenbaum”, es decir, “árbol de lenguas de víbora” (Zammit-Maempel, G. 1966) y de la punta de sus ramas coralinas aparecían colgando los dientes fósiles de diversos géneros de tiburones, engarzados en oro o plata,  como si fueran sus frutas mágicas (Ritz, G. 1951):

Aspecto de uno de los artefactos mágicos de protección contra el veneno, llamados "árboles de lenguas de serpientes" hecho con ramas de coral rojo de las que penden dientes fósiles de tiburón, el conjunto colocado sobre una base que imita una lujosa copa de banquete. Este ejemplar es llamado en el inventario "Natternzungenkredenz" en alemán, es decir "credenciario de lenguas de víboras". Por el estilo artístico se supone que fue realizado en los siglos XV o XVI (Nº Inv. K-037). Expuesto en la Sala del Tesoro de la Orden Alemana, en Viena (Austria). Fotografía original de Wolfgang Sauber
Imagen: Wikipedia

"Durante el banquete, cada comensal que sospechara de algún alimento o bebida, podía descolgar uno de los diversos dientes que pendían del árbol de lenguas o lenguario y acercarlo al alimento o a la bebida de la que sospechase que pudiera contener veneno, con la total convicción de que la piedra comenzaría exudar profusamente y a cambiar de color si estaba cerca de algún veneno," (Schiedlausky, G. 1989).

También creía que si las "lenguas petrificadas de serpientes" se sumergían en un alimento o una bebida envenenada, por efecto de su virtud milagrosa eran capaces de anular o neutralizar los nocivos efectos del veneno que estuviera presente, fuera de la clase que fuera. Además, también se llegó a creer que si las "lenguas petrificadas de serpientes" se colocaban sumergidas en agua, durante algún tiempo, eran capaces de transmitirle sus virtudes antivenenosas al agua y que dándosela a beber a aquellos de los que se sospechaba que habían sido envenenados, se podría restablecer su salud con ella. (Zammit-Maempel, G. 1975: 406 ).

Dientes fósiles de dos géneros de tiburones, distintos, representados en la parte inferior de la lámina VII, del libro titulado "La vana speculazione disingannata dal senso" del pintor y naturalista empirista Agostino Scilla, publicado en Nápoles, en 1670. 
Dibujados con gran realismo y fidelidad al modelo fosilizado, aparecen distintos tipos de dientes del "pesce Lamía" (Squalus carcharias L.)  y del "pesce Canicola" (Squalus canicula L.)
Imagen: "La vana speculazione disingannata dal senso"

Para algunas enfermedades específicas, incluso se recomendaba ingerir los dientes fósiles de tiburón que no fueran demasiado duros, después de haberlos fragmentado o triturado :
"Si se administran glosopetras que sean moderadamente duras o de la consistencia de la corteza o del cuero curtido,
o que sean blandas o estén calcinadas, se pueden machacar con facilidad y luego masticar [...] Se las considera útiles para tratar las fiebres malignas, la varicela y para eliminar los gusanos intestinales de los niños pequeños" (Gimma, G. 1730: II, 222).


Nota informativa:

El texto traducido al castellano y ligeramente modificado que compone esta entrada, está extraído de una obra del antropólogo y etnólogo italiano Giancarlo Baronti, especialista en curanderismo tradicional y medicina mágica popular italiana. El material original del Dr. Giancarlo Baronti  está contenido en el interesantísimo libro: Tra bambini e acque sporche. Immersioni nella collezione di amuleti di Giuseppe Bellucci  (2008).